Se abrió la puerta... esa que estaba sellada bajo una capa gruesa de polvo, se abrió inesperadamente y entró la brisa. Deseaba abrir la puerta, si, pero a sabiendas de que solo se abriría cuando al otro lado se encontrase aquel que supiera como hacerlo. Llamaron muchas veces, algunas incluso me asomé por la mirilla, pero al final siempre acababa sentada frente a ella. Sabía que no sería fácil, pero cuando ocurriera entraría la luz y se vería más claro.
Un día en el que ya no estaba sentada, de pronto ocurrió, se abrió y me dejé llevar por esa brisa, permitiendo que mi vestido quedara raído por su fuerza, me abandoné ciegamente a ella y solo cerré los ojos y confié... pero esa brisa no se dejó llevar eternamente bailando entre mis brazos, cambió su rumbo y se convirtió en una nube de polvo negro, polvo que se encontraba tras esa puerta, bloqueándola un instante antes. Me culpó de aquella suciedad de la que se impregnó y con ello me dañó, traicionando mi confianza y mi valía y me dejó sola tras esa puerta sin poder confiarle el motivo de su existencia. Me hizo sentir empequeñecida menospreciando el sentimiento que sentía por ese viento, las emociones que había despertado en mi... me desmotivó pensar en la fuerza que gasté intentando cerrar ventanas y tapiar puertas para protegerla allí dentro, para cuidarla, y que no lo viera, que no sirviera de nada. No vió la escoba en mi mano y como me la quitaba cada vez. Solo vió el polvo que intenté limpiar y no me permitió, polvo que olvidé que existia por la inmensa presencia de esa brisa que no me permitía fijar mi atención en ningún otro lugar. Polvo que solo era cenizas de mi pasado...
Y precisamente su duda, es el motivo de la mía...
Cristina González

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